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  • Ana de Andrés

CUESTIÓN DE JUSTICIA


Apenas recuperada de la “vuelta al cole”, que este año ha sido cruelmente acelerada… creo que como para casi todos.  Este curso más que nunca siento que los que me rodean están “en efervescencia”. A veces pienso que soy yo, y que es mi propia “agitación” la que “agita” la realidad -o los pedazos de ésta que elijo ver-.    Otras veces pienso que es la única opción para los que hemos decidido conscientemente no mirar hacia otro lado:).  Y después me doy cuenta de que también están “en ebullición”-y de hecho creando estados de paranoia y realidades “paralelas” con terribles consecuencias para todos- los que están intentando controlar lo incontrolable, contener las cosas que “pasan” con la esperanza de que solo les afecten a otros o de que “exploten” cuando ellos ya no estén o incluso volver -buena suerte- a tiempos pasados que nos cuentan como si hubieran sido mejores… Y comprendo que en realidad los únicos que logran tener cierto sosiego son los sabios-sabios, aparte de los que viven preocupados de frivolidades –“in my book”, lo sé- como sus egos, su ocio y sus cuentas de Instagram, y de los que realmente no se enteran de nada. 

En este escenario, claridad y ecuanimidad se han convertido en súper-poderes y la auto-compasión y el cuidado de uno mismo y de los otros en armas poderosas… y se vuelve urgente estar presentes y aprender a parar periódicamente para volver a pertenecernos… y para poder así vivir los dilemas que nos traen los tiempos siendo parte de la solución y no del problema.  De hecho, en realidad casi lo único sobre lo que sí tengo claridad meridiana es precisamente que gran parte de nosotros -me atrevería a decir que la mayoría- estamos distraídos en batallas que en realidad no son “la verdadera batalla” … y que los dioses -mejor no pararse mucho a pensar en cuáles- han logrando su objetivo, y tirando de los hilos del miedo y la ignorancia, nos mantienen entretenidos en “bagatelas”.  

En estos dilemas andan aquellos -pocos- conscientes de verdad con los que me encuentro… y en eso ando también yo por extensión en mis días buenos.  Y esos días-insisto, pocos, muchos menos de los que me gustaría- se los debo en gran parte a mi “verano azul”, cuyos efectos aún no ha logrado llevarse del todo por delante tanta “conmoción”.  El mejor verano que recuerdo desde hace mucho tiempo… Un verano al sol de Castilla, a salvo de reuniones, programas y aeropuertos, con una agenda “expandida” y una vida sencilla y con pocos aditivos más allá de la naturaleza, la luz, la gente a pie de tierra… y la buena compañía, la buena comida y los buenos vinos… Un verano de los de antes, de los que nos regalaba la vida cuando era nuestra y que me ha permitido salir de la rueda y mirar las cosas con perspectiva… un verano de reflexiones cuyos frutos espero poder ir recogiendo -y compartiendo- en los próximos meses.  

Un verano también de amores… porque este verano me he enamorado de nuevo, y no de un hidalgo castellano, sino de tres.  Porque os tengo que confesar que a pesar de las maniobras de distracción de la vida “al otro lado de la Matrix” sigo bajo el hechizo de los hermanos Pérez Pascuas, bodegueros de casta, empresarios valientes y “grandes” en lo importante… humildad, coraje y generosidad, que han llegado para recordarme el poder que otorga un entorno que acoge y que te hace sentir tratada como una reina.  Así que a mis “causas”, que los que me conocéis sabéis utópicas y más “macro” que “micro”, he añadido una bastante sencilla de cumplir y a la que no voy a poder resistirme, y es la de convertirme en embajadora de su espíri